¿Por qué te fuiste Papá?

El sábado pasado cenando con mis hijos y su madre, mi hijo me preguntó ¿Por qué te fuiste Papá? Y todos nos reímos. Y al cabo de unos segundos, insistió con un “estoy esperando una respuesta papá” y mi hija, que hace tres años dejó de hacerme esta pregunta, le respondió también entre risas “Toma y yo”. Y a todos nos hizo mucha gracia la situación y nos reímos juntos.

 ¿Cómo explicarle a un niño de 7 años las razones que un adulto tuvo a sus 33? Lo cierto es que no he aprendido a hacerlo, porque mi hija que ahora tiene 10 años, aún no lo entiende.Una de las respuestas más recurrentes que me vino durante la cena pero que no dije fue “Me marché para poder estar esta noche cenando y riéndome con vosotros”.

 ¿Hubiésemos podido vivir esa noche mágica si yo no me hubiese separado de su madre? Si los caminos se hacen al andar, no pareciera posible porque esa noche era el resultado del camino andado por cada uno. Si yo me hubiese quedado hace 7 años, ninguno de nosotros seríamos quienes somos hoy. Y, a mí, me gusta cómo son mis hijos. No los cambiaría.

 La ruptura

 Mi hija tenía 3 años cuando me marché de casa y mi hijo estaba por nacer. Tomar la decisión de separarme en estas circunstancias ha sido una de las situaciones más delicadas y difíciles que he vivido. Me parecía muy doloroso marcharme, pero también me parecía muy doloroso quedarme en la relación por comodidad. Hoy no diría que mi relación fuese mal, pero lo que recuerdo es que yo no estaba a gusto. Yo tenía inquietudes y sueños que quería lograr y en ese momento me pareció que éstos estaban en contradicción con la relación.

 Tenía miedo de tomar la decisión equivocada y arrepentirme el resto de mi vida. ¿Y cuál era la correcta? En ese momento yo no lo sabía. Mi duda y mis sentimientos encontrados me habían sumergido en una gran confusión. Buscaba la respuesta correcta por doquier, ¿Qué hacer en esos casos? Reflexionaba, meditaba, hablaba con gente cercana, y entre medias también le pedía a mi alma que me guiara. Incluso le pedía a la VIDA que me enviara indicios y confirmaciones para que vea con absoluta claridad el camino a seguir.

 Una madrugada me desperté de un salto. Miré el reloj y eran las 3:30 a.m. En ese preciso instante, sentí con absoluta certeza que la decisión correcta era separarme. Y tomé esta sensación como LA SEÑAL y la confirmación de todas las anteriores.  El peso de la duda se alivió, pero  ahora, que ya sabía mi camino, me tocaba emprender el viaje. El primer paso, obviamente, fue comunicar mi decisión a mi pareja y como no, fue como un balde de agua fría.

 La forma de relacionarnos entre ella y yo a partir de este momento se transformó. Los tres meses que siguieron hasta el día que me marché, los recuerdo como días en los que compartimos más comunicación, apertura y sinceridad que en los últimos años juntos. También hubo reproches y dolor y deseos encontrados y separación de cosas: “yo me llevo esto, tu te quedas esto, yo me quedo esto, tu te llevas esto”. Pero sobretodo, hacíamos lo posible por concedernos mutuamente y las renuncias a objetos a favor del otro eran señales de aprecio mutuo. Desmontar 13 años de tu vida aunque sepas que eso es lo que toca, duele. Parecía que el AMOR se había terminado.

 Una mañana de un sábado, después de una de esas francas conversaciones que tuvimos, ella me dijo: “Tengo un inmenso dolor por tu marcha y me gustaría que te quedaras conmigo, pero te veo como a un águila enjaulada que necesita emprender su vuelo. Te amo. De verdad que no quiero que te vayas, pero en nombre del AMOR que te tengo, no puedo retenerte para mí”  Este momento fue una muestra de auténtico AMOR INCONDICIONAL. Sentí que estaba compartiendo mi vida con un ser excepcional. Desde ese momento no he vuelto a dudar de que EL AMOR es lo que siempre perdura por encima del resentimiento o del dolor de una ruptura.

 Los días pasaban y la fecha de mi partida se acercaba. Recuerdo que en otra conversación que tuvimos más adelante entramos en una vorágine de reproches, falta de entendimiento y aceptación de la situación. A veces, yo me sentía el malo e insensible que abandonaba sin razón ni corazón a una familia. Sumidos en ese malestar de resentimiento, nos hicimos llorar mutuamente, y esta vez fui yo quien le dije: “Puede que ahora te parezca que mi decisión es un error, o que es una señal de que no te amo. Pero no tienes como medir lo que yo siento por ti. Yo sé que esto es lo que ahora toca y una cosa tengo muy clara: haré todo lo que esté a mi alcance para que veas los beneficios de esta separación y no voy a parar hasta el día que me digas “gracias por haberte marchado de casa”.

 ¿Por qué te fuiste MAMA?

 Yo tampoco me escapé…Crecí con la sensación interior de que me faltó la presencia física de mi madre, su atención, dedicación y sobretodo, sobretodo, su valoración y reconocimiento. La pregunta que me hizo mi hijo el sábado, es la pregunta que yo nunca me atreví a hacerle a mi madre, incluso de mayor. Hurgando en mi historia familiar, descubrí que cuando mis padres se separaron, yo tenía la misma edad que tenía mi hija ¿Coincidencia? Tal vez sí.

 Cuando mi hermana mayor ve a mis hijos me dice “ellos me hacen recordar a nosotros cuando éramos chiquitos. Tu hija tiene los mismos miedos que tenía yo. Y tu hijo hace lo mismo por su hermana que lo que tu hacías por mí” Y yo, muchas veces, también he tenido la misma sensación. Mi hermana sintió que ella no fue única para mi madre, y se convirtió en una madre excepcionalmente dedicada y volcada para su única hija, le ha dado todo lo que percibió que no tuvo. Y, qué curioso, he escuchado de mi sobrina los mismos reproches por su madre que escuché de mi hermana por la suya.

 A mí me resulta obvio, que tanto mi hermana como yo hemos reproducido el mismo escenario que no aceptamos ni amamos de niños. Mi hermana escuchó de ella misma lo que más detestó de nuestra madre y yo me convertí en lo que condené de mi madre.

 El proceso que he vivido desde mi separación ha sido un proceso de descubrimiento de lo que no quise ver de niño. Y en ese proceso descubrí que uno de las lecciones más grandes que me llegó a través de la decisión de mi madre de separarse de mi padre fue: si estás a disgusto donde estás, nada te retiene para marcharte excepto tus miedos. Y recordé que durante el proceso de mi separación, y después, la imagen mental en la que me apoyaba cuando me flaqueaban las fuerzas, era en la de mi madre marchándose de casa para hacer su vida.

Y esa fuerza que mi madre sostuvo para mantenerse firme, es la misma que me empuja y me sostiene hoy para hacer realidad mis sueños. En la decisión de mi madre de romper su matrimonio, estaba el coraje de vivir plenamente. Y eso es uno de los mayores regalos que unos hijos pueden recibir de su madre o su padre. Quizás la forma de mi madre de pasarnos su coraje fue poco ortodoxa pero, hoy, me pregunto ¿hay alguna forma mejor o peor que otra?

“Hijito, me fui de casa para poderte mirar con los ojos del Amor que ahora te veo. Y mientras creces para entender las razones de un adulto de 33, te voy a escribir un cuento que entre espadas láser y jedis, comprendas y sientas que el Amor (o la Fuerza) están contigo aunque tu padre y tu madre a veces no puedan estar a tu lado”

 Oscar Durán Yates

3 Comments

  • Lidia

    Reply Reply marzo 18, 2014

    Me ha encantado mucho este bello artículo, donde la palabra AMOR se puede escribir en mayúsculas. A pesar del dolor que deviene, en ocasiones, de las circusntancia, situaciones y malestares que tenemos, si adoptamos decisiones con perspectiva saldremos TODOS reforzados.
    ” Poder mirar a tu hijo con los ojos del Amor que ahora veo”, ….(sublime esta frase, Oscar)

    • Oscar

      Reply Reply marzo 18, 2014

      Hola lidia, Gracias por leerme y participar. Un abrazo.

  • Camilo Esteban Bonila Reyes

    Reply Reply marzo 12, 2015

    Hola, estoy atravesando por una situacion muy similar, y este art. Me ha dado luz y razon…

    Gracias.

    Slds

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